sábado, 20 de janeiro de 2018

Acerca del libro "Los que vivimos", de Ayn Rand


¡Buenos días, queridos lectores!

Aquí en Brasil hoy es sábado, como en todas partes del mundo, son las 8 de la mañana y ya estoy aquí, delante del ordenador, o de la computadora, como prefieran, dispuesta a escribir una reseña literaria…

Sé que me va a costar bastante, en primer lugar, porque lo voy a hacer en español cuando me resulta mucho más cómodo escribir en portugués; en segundo lugar, porque escribir una reseña crítica es un ejercicio subjetivo, que implica mucho más esfuerzo que discurrir a respecto de una norma gramatical. Podría mencionar otras dificultades, pero con estas me llega para afirmar que estoy saliendo de mi zona de confort y eligiendo el camino de las piedras. ¿Por qué lo hago? Porque creo que este libro se lo merece.

Me refiero al libro “Los que vivimos”, de Ayn Rand. Antes que nada, voy a ambientarlos un poco, es decir, voy a contextualizar la obra y a presentarles las razones que me llevaron a leerla. Quien me indicó este libro fue mi tía —que lee mucho y no indica cualquier tontería—, me dijo que era un libro precioso y que la historia estaba ambientada en la Rusia comunista, tras la revolución proletaria. Lo mejor, es que mi tía no destripó la historia, es decir, no dio spoilers (según Fundéu, la fundación del español urgente, es mejor destripe que spoiler), al contrario de mi otra tía que también me indicó un libro y, sin querer, me dijo cómo terminaba.

Pues resulta que mi familia tiene una experiencia muy estrecha con el comunismo, a punto de haber experimentado sus dificultades en su propia piel. La familia de mi madre logró huir de la Cuba comunista de Fidel Castro y mi padre logró huir de la Alemania comunista cuando aún se erigía el muro de Berlín. Así que forman parte de mi vida las narrativas de mis queridos padres —que en paz descansen—, sobre las amarguras que tuvieron que pasar. Entre las historias que dejaron más huella, recuerdo la de mi madre que nos contaba de cuando le dieron una manzana de regalo de Navidades, y del gusto con que la comió (no había dejado ni las semillas); de mi padre, lo que más me choca hasta hoy es el hecho de que haya estado más de 30 años sin ver a la hermana, la cual se quedó en el lado oriental.

Ayn Rand, la autora del libro, también sufrió las amarguras del comunismo en su propia piel, y adoptó este nombre al nacionalizarse norteamericana tras haber logrado huir con grandes riesgos de la Unión Soviética.

Como ya saben, no pretendo resumir la historia ni alardear sobre mis impresiones personales, mi única intención es despertarles el interés hacia este libro.

Les aseguro que es una historia que cala hondo. En portugués hay un adjetivo que viene como anillo al dedo para este tipo de obra: “envolvente”. Me gustaría que en español hubiera un adjetivo tan amplio como este, que en una sola palabra transmitiera la idea de abstraer, sumergir, emocionar, impresionar, etc.

En el prólogo del libro, Ayn Rand dice que escuchó por primera vez el principio comunista de que «el hombre debe vivir para el Estado» cuando tenía doce años, y que comprendió que ahí residía el mal. «Este principio era malo y (...) no podía conducir a nada que no fuera malo».

En las palabras de la autora, este libro es "tan cercano a una autobiografía como jamás escribiré". Sobre la trama del libro, les cuento solo lo esencial: Kira, la protagonista, es una mujer segura y confiada que lucha por mantener su esencia frente a un régimen totalitario que usa todo su aparato y poder para controlar la vida y los pensamientos de los individuos, asfixiando sus voluntades e ilusiones hasta convertirlos en instrumentos a su servicio. En medio de un trágico y arriesgado triángulo amoroso, Kira traiciona sus propios principios en nombre del amor, de la vida, y del amor a la vida. Hasta aquí llego yo.

¿Qué mejor que dejarles un fragmento para que se hagan una idea?

«—Y ahora, mírame, mírame bien —gritó ella—. He nacido para vivir, y podía vivir, y sabía lo que quería. ¿Qué crees que está vivo en mí? ¿Por qué piensas que vivo? ¿Porque tengo un estómago, y me alimento y digiero? ¿Porque respiro y trabajo, y soy capaz de ganar mi sustento? ¿O bien porque sé lo que quiero y cómo lo quiero? ¿No es eso la vida? ¿Y quién, en todo este maldito universo, puede decirme por qué tengo que vivir, si no es por lo que yo quiero? ¿Quién es capaz de contestar con palabras humanas que hablen a la razón humana? Nadie, ni tú tampoco. Pero ustedes tratan de decirnos lo que debemos querer. Han venido como un solemne ejército a traer a los hombres una vida nueva. Les han arrancado de las entrañas esa otra vida de la que no sabían nada, esa vida palpitante que no les interesaba, y les han dicho lo que debían pensar y lo que debían sentir. Les han arrebatado todas las horas, todos los minutos, todos los nervios, todos los pensamientos, todos los sentimientos hasta lo más profundo de su alma, y luego les han dictado lo que debían pensar y sentir. Han venido a negar la vida a los que vivimos. Nos han encerrado a todos en una jaula de hierro y después han sellado las puertas; nos han dejado sin aire, hasta que las arterias de nuestro espíritu han estallado».

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