quarta-feira, 13 de novembro de 2013

Tradução ao espanhol do conto "A cartomante" de Machado de Assis




La Cartomántica
Traducción: Diana Margarita

Hamlet le advierte a Horacio que hay más cosas en el cielo y la tierra de lo que sueña nuestra filosofía. Era la misma explicación que le daba la bella Rita al joven Camilo, un viernes de noviembre de 1869, cuando este se reía de ella, por haber ido en la víspera a consultar a una cartomántica; la diferencia es que lo hacía por otras palabras.
—Ríete, ríete. Los hombres son así; no creen en nada. Pues que sepas que fui, y que ella adivinó el motivo de la consulta, incluso antes de que yo le dijera lo que era. Apenas comenzó a echar las cartas, me dijo: "A usted le gusta una persona..." Confesé que sí, y entonces ella siguió echando las cartas, las combinó, y al final me declaró que yo tenía miedo de que tú me olvidaras, pero que no era verdad...
¡Se equivocó! —interrumpió Camilo, riéndose.
—No digas eso, Camilo. Si supieras como he andado, por tu causa. Tú lo sabes; ya te lo dije. No te rías de mí, no te rías...
Camilo la tomó entre las manos, y la miró serio y fijamente. Le juró que la quería mucho, que sus temores parecían de niña; en todo caso, cuando tuviera algún recelo, la mejor cartomántica era él mismo. Después, la reprendió; le dijo que era imprudente andar por esas casas. Vilela podría saberlo, y después...
¡Qué va a saber! tuve mucho cuidado, al entrar en la casa.
¿Dónde es la casa?
—Aquí cerca, en la calle de la Guarda Velha; no pasaba nadie en esa ocasión. No te preocupes; no soy loca.
Camilo se rió otra vez:
¿De verdad crees en esas cosas? —le preguntó.
Fue entonces que ella, sin saber que traducía Hamlet al vulgar, le dijo que había mucha cosa misteriosa y verdadera en este mundo. Si él no creía en ello, paciencia; pero lo cierto es que la cartomántica lo adivinó todo. ¿Qué más? La prueba es que ella ahora estaba tranquila y satisfecha.
Se dio cuenta de que él iba a hablar, pero se contuvo. No quería arrancarle las ilusiones. También él, de niño, y aun después, había sido supersticioso, había tenido un arsenal entero de supersticiones, que la madre le metió y que a los veinte años desaparecieron. El día en que dejó caer toda esa vegetación parasitaria, y sobró tan solo el tronco de la religión, él, como si hubiera recibido de la madre ambos enseñamientos, los envolvió en la misma duda, y luego en una única negación total. Camilo no creía en nada. ¿Por qué? No podría decirlo, no tenía ni un solo argumento: se limitaba a negarlo todo. Y digo mal, porque negar es aun afirmar, y él no formulaba la incredulidad; delante del misterio, se contentó con encogerse de hombros, y se fue andando.
Se separaron contentos, él más aún que ella. Rita estaba segura de ser amada; Camilo, no solo lo estaba, pero la veía estremecer y arriesgarse por él, correr a las cartománticas, y, por más que la reprendiera, no podía dejar de sentirse lisonjeado. La casa del encuentro era en la antigua calle de los Barbonos, donde vivía una comprovinciana de Rita. Esta bajó por la calle de las Mangueiras, en dirección a Botafogo, donde vivía; Camilo bajó por la de la Guarda Velha, echando una mirada hacia la casa de la cartomántica.
Vilela, Camilo y Rita, tres nombres, una aventura y ninguna explicación de los orígenes. Vamos a ella. Los dos primeros eran amigos de infancia. Vilela siguió la carrera de magistrado. Camilo entró al funcionariado, contra la voluntad del padre, que quería verlo médico; pero el padre murió, y Camilo prefirió no ser nada, hasta que la madre le consiguió un empleo público. Al principio de 1869, volvió Vilela de la provincia, donde se casó con una dama hermosa y tonta; abandonó la magistratura y abrió bufete de abogado.
Camilo le consiguió casa hacia los lados de Botafogo, y fue a bordo a recibirlo.
¿Es usted? —exclamó Rita, extendiéndole la mano. No se imagina como mi marido es su amigo, siempre hablaba de usted.
Camilo y Vilela se miraron con ternura. Eran amigos de veras.
Después, Camilo confesó a si mismo que la mujer de Vilela no desmentía las cartas del marido. Realmente, era encantadora y vivaz en los gestos, ojos cálidos, boca fina e interrogativa. Era un poco mayor que ambos: tenía treinta años, Vilela veintinueve y Camilo veintiséis.
Sin embargo, el porte grave de Vilela le hacía parecer mayor que su mujer, mientras que Camilo era un ingenuo en la vida moral y práctica. Le faltaba tanto la acción del tiempo, como las gafas de cristal, que la naturaleza pone en la cuna de algunos para adelantar los años. Ni experiencia, ni intuición.
Se unieron los tres. La convivencia trajo intimidad. Poco después murió la madre de Camilo, y en ese desastre, que de veras lo fue, los dos se mostraron grandes amigos de él. Vilela cuidó del entierro, de los sufragios y del inventario; Rita trató especialmente del corazón, y nadie lo haría mejor.
Cómo desde ahí llegaron al amor, no lo supo él nunca. La verdad es que le gustaba pasar las horas al lado de ella, era su enfermera moral, casi una hermana, pero principalmente era mujer y bonita. Olor a femmina: he aquí lo que él aspiraba en ella, y alrededor de ella, para incorporarlo a sí mismo. Leían los mismos libros, iban juntos a teatros y a paseos. Camilo le enseñó las damas y el ajedrez y jugaban por las noches; —ella mal—, él, para serle agradable, poco menos mal. Hasta ahí las cosas. Ahora la acción de la persona, los ojos obstinados de Rita, que buscaban muchas veces los de él, que los consultaban antes de hacerlo al marido, las manos frías, las actitudes insólitas.
Un día, cumpliendo él años, recibió de Vilela un rico bastón de regalo y de Rita tan solo una tarjeta con una vulgar felicitación a lápiz, y fue entonces que él pudo leer en el propio corazón, no conseguía arrancar los ojos del papelillo. Palabras vulgares; pero hay vulgaridades sublimes, o, al menos, deleitosas. El viejo carruaje de plaza, en que por primera vez paseaste con la mujer amada, encerraditos ambos, vale el carro de Apolo.
Así es el hombre, así son las cosas que lo rodean.
Camilo quiso sinceramente huir, pero ya no pudo. Rita, como una serpiente, se acercó a él, lo envolvió completamente, le hizo crujir los huesos en un espasmo, y le goteó el veneno en la boca. Él se quedó aturdido y subyugado. Vejación, temores, remordimientos, deseos, todo sintió de mezcla, pero la batalla fue corta y la victoria delirante. ¡Adiós, escrúpulos! No tardó en que el zapato se ajustara al pie, y ahí se marcharon ambos, camino afuera, brazos dados, pisando holgadamente por encima de hierbas y pedregullos, sin padecer nada más que algunas añoranzas, cuando estaban ausentes uno del otro. La confianza y estima de Vilela seguían siendo las mismas.
Un día, sin embargo, recibió Camilo una carta anónima, que le llamaba inmoral y pérfido, y decía que la aventura ya la conocían todos. Camilo tuvo miedo, y, para desviar las sospechas, comenzó a rarear las visitas a la casa de Vilela. Este le notó las ausencias. Camilo le respondió que el motivo era una pasión frívola de joven. La candidez generó astucia. Las ausencias se prolongaban, y las visitas cesaron completamente. Puede ser que entrara también en eso un poco de amor propio, una intención de disminuir los obsequios del marido, para tornar menos dura la alevosía del acto.
Fue por ese tiempo que Rita, desconfiada y temerosa, corrió a la cartomántica para consultarla sobre la verdadera causa del procedimiento de Camilo.
Vimos que la cartomántica le restituyó la confianza, y que el joven la reprendió por haber hecho lo que hizo. Se pasaron aún algunas semanas. Camilo recibió dos o tres cartas más anónimas, tan apasionadas, que no podían ser advertencia de la virtud, pero despecho de algún pretendiente; tal fue la opinión de Rita, que, por otras palabras mal compuestas, formuló este pensamiento:
—la virtud es perezosa y avara, no gasta tiempo ni papel; solo el interés es activo y pródigo.
Ni por eso Camilo se quedó más sosegado; temía que el anónimo se encontrara con Vilela, y la catástrofe llegaría entonces sin remedio. Rita concordó con que era posible.
—Bien —dijo ella—, yo llevo los sobres para comparar la letra con las de las cartas que allí aparecieron; si alguna es igual, la guardo y la rasgo...
Ninguna apareció; pero dentro de algún tiempo Vilela comenzó a mostrarse sombrío, hablando poco, como que desconfiado. Rita se dio prisa en decírselo al otro, y sobre eso deliberaron. La opinión de ella era que Camilo debería volver a la casa de ellos, sondear al marido, y puede ser que hasta le escuchara la confidencia de algún asunto particular. Camilo divergía; aparecer después de tantos meses era confirmar la sospecha o denuncia. Más valía acautelarse, sacrificándose durante algunas semanas. Combinaron los medios de corresponderse, en caso de necesidad, y se separaron con lágrimas.
Al día siguiente, estando en la repartición, recibió Camilo esta nota de
Vilela: "Vente, ahora mismo, a nuestra casa; tengo que hablar contigo sin demora." Pasaba del mediodía. Camilo salió en seguida; en la calle, se dio cuenta de que hubiera sido más natural llamarlo al despacho; ¿por qué en casa? Todo indicaba asunto especial, y la letra, fuera realidad o ilusión, se le figuró temblorosa. Él combinó todas esas cosas con la noticia da víspera.
— Vente, ahora mismo, a nuestra casa; tengo que hablar contigo sin demora—, repetía él con los ojos en el papel.
Imaginariamente, vio la punta de la oreja de un drama, Rita subyugada y lacrimosa, Vilela indignado, tomando la pluma y escribiendo la nota, seguro de que él acudiría, y esperándolo para matarlo. Camilo se estremeció, tenía miedo: después sonrió torcido, y en todo caso le repugnaba la idea de retroceder, y se fue andando. A camino, se acordó de ir a casa; podría encontrar algún recado de Rita, que le explicara todo. No encontró nada, ni a nadie. Volvió a la calle, y la idea de que les hubieran descubierto le parecía cada vez más verosímil; era natural una denuncia anónima, hasta de la propia persona que lo había amenazado antes; podría ser que Vilela lo supiera ahora todo. La misma suspensión de sus visitas, sin motivo aparente, tan solo con un pretexto fútil, confirmaría lo demás.
Camilo iba andando inquieto y nervioso. No releía la nota, pero las palabras estaban memorizadas, delante de los ojos, fijas, o entonces —lo que era aún peor—, le eran murmuradas al oído, con la propia voz de Vilela.
"Vente, ahora mismo, a nuestra casa; tengo que hablar contigo sin demora." Dichas así, por la voz del otro, tenían un tono de misterio y amenaza. ¿Vente, ahora, para qué?
Era cerca de la una hora da tarde. La conmoción crecía de minuto a minuto.
Tanto imaginó lo que debería pasar, que llegó a creerlo y verlo.
Positivamente, tenía miedo. Comenzó a cogitar en ir armado, considerando que, si no hubiera nada, nada perdería, y la precaución era útil. Poco después rechazaba la idea, avergonzado de sí mismo, y seguía, apresurando el paso, en dirección del Largo da Carioca, para entrar en un tílburi. Llegó, entró y mandó seguir a trote largo.
"Cuanto antes, mejor, pensó él; no puedo estar así..."
Pero el mismo trote del caballo le agravó la conmoción. El tiempo volaba, y él no tardaría a confrontarse con el peligro. Casi al final de la calle de la Guarda Velha, el tílburi tuvo que parar, la calle estaba atrabancada con un carruaje, que se había caído. Camilo, en sí mismo, estimó el obstáculo, y esperó. Al final de cinco minutos, se dio cuenta de que al lado, a la izquierda, al pie del tílburi, se situaba la casa de la cartomántica, a quien Rita había consultado una vez, y nunca él deseó tanto creer en la lección de las cartas. Miró, vio las ventanas cerradas, cuando todas las otras estaban abiertas y repletas de curiosos del incidente de la calle.
Se diría la morada del indiferente Destino.
Camilo se reclinó en el tílburi, para no ver nada. La agitación de él era grande, extraordinaria, y del fondo de las capas morales emergían algunos fantasmas de otro tiempo, las viejas creencias, las supersticiones antiguas. El cochero le propuso que volvieran a la primera travesía, y fueran por otro camino: ele respondió que no, que esperara. Y se inclinaba para observar la casa... Después hizo un gesto incrédulo: era la idea de oír a la cartomántica, que le pasaba a lo lejos, muy lejos, con vastas alas grises; desapareció, reapareció, y volvió a disiparse en el cerebro; pero en poco tiempo movió otra vez las alas, más cerca, haciendo unos giros concéntricos... En la calle, gritaban los hombres, zafando el carro:
¡Anda! ¡Ahora! ¡Empuja! ¡ale,ale!
En poco tiempo estaría eliminado el obstáculo. Camilo cerraba los ojos, pensaba en otras cosas: pero la voz del marido le susurraba en las orejas las palabras de la carta: "Vente, ahora,..." Y él veía las contorciones del drama y temblaba.
La casa le miraba. Las piernas querían bajar y entrar. Camilo se encontró delante de un largo velo opaco... pensó rápidamente en lo inexplicable de tantas cosas. La voz de la madre le repetía una porción de casos extraordinarios: y la misma frase del príncipe de Dinamarca le retumbaba dentro: "Hay más cosas en el cielo y la tierra de lo que sueña la filosofía..." ¿Qué perdería él, si...?
Se encontró en la acera, al pie de la puerta: le dijo al cochero que esperara, y rápido se metió por el pasillo, y subió la escalera. La luz era escasa, los escalones desgastados por pies, el pasamano pegajoso; pero él no vio ni sintió nada.
Subió y llamó a la puerta. Como no apareció nadie, tuvo la idea de bajar; pero era tarde, la curiosidad le fustigaba la sangre, las sienes le latían; él volvió a llamar con uno, dos, tres golpes. Vino una mujer; era la cartomántica.
Camilo le dijo que iba a consultarla, ella le hizo entrar. Desde allí subieron al desván, por una escalera aún peor que la primera y más oscura. Arriba, había una salita, mal iluminada por una ventana, que daba al tejado del fondo.
Viejos trastes, paredes sombrías, un aire de pobreza, que antes aumentaba que destruía el prestigio.
La cartomántica le hizo sentarse delante de la mesa, y se sentó del lado opuesto, con la espalda hacia la ventana, de manera que la poca luz de afuera golpeaba en lleno el rostro de Camilo. Abrió un cajón y sacó una baraja de cartas largas y manchadas. Mientras las barajaba, rápidamente, lo miraba, no a la cara, pero de reojo. Era una mujer de cuarenta años, italiana, morena y delgada, con grandes ojos disimulados y agudos. Dio la vuelta a tres cartas sobre la mesa, y le dijo:
—Veamos primero qué es lo que le trae aquí. Usted tiene un gran temor...
Camilo, maravillado, hizo un gesto afirmativo.
—Y quiere saber, prosiguió ella, si le ocurrirá algo o no...
—A mí y a ella —explicó vivamente él.
La cartomántica no sonrió: le dijo solo que esperara. Rápido tomó otra vez las cartas y las barajó, con los largos dedos finos, de uñas descuidadas; las barajó bien, transpuso los mazos, una, dos, tres veces; después comenzó a extenderlas. Camilo tenía los ojos en ella curioso y ansioso.
—Las cartas me dicen...
Camilo se inclinó para beber una a una las palabras. Entonces ella le declaró que no tuviera miedo de nada. Nada les sucedería ni a uno ni al otro; él, el tercero, lo ignoraba todo. Sin embargo, era indispensable mucha precaución: bullían envidias y despechos. Le habló del amor que los unía, de la belleza de Rita. . . Camilo estaba deslumbrado. La cartomántica acabó, recogió las cartas y las guardó en el cajón.
—Usted me restituyó la paz al espíritu, dijo él extendiendo la mano por arriba de la mesa y estrechando la de la cartomántica.
Esta se levantó, riéndose.
—Váyase, dijo ella; váyase, ragazzo innamorato...
Y de pie, con el dedo indicador, le tocó en la frente. Camilo se estremeció, como si fuera la mano de la propia sibila, y se incorporó también. La cartomántica fue hasta la cómoda, sobre la cual reposaba un plato con pasas, quitó un racimo de estas, comenzó a desgranarlas y a comerlas, mostrando dos filas de dientes que desmentían las uñas. En esa misma acción común, la mujer tenía un aire particular. Camilo, ansioso por salir, no sabía cómo pagar; ignoraba el precio.
—Las pasas cuestan dinero, dijo él al final, sacando la billetera. ¿Cuántas quiere mandar buscar?
—Pregúntele a su corazón —respondió ella.
Camilo sacó un billete de diez mil reis, y se lo dio. Los ojos de la cartomántica centellearon. El precio usual era dos mil reis.
—Veo bien que usted le quiere mucho... Y hace bien; ella también le quiere mucho a usted. Váyase, váyase, tranquilo. Mire la escalera, es escura; póngase el sombrero...
La cartomántica ya había guardado el billete en la faltriquera, y bajaba con él, hablando, con un leve acento. Camilo se despidió de ella abajo, y bajó la escalera que llevaba hasta la calle, mientras la cartomántica, alegre con el pago, volvía para arriba, canturreando una barcarola. Camilo encontró el tílburi esperándole; la calle estaba libre. Entró y siguió a trote largo.
Todo le parecía ahora mejor, las otras cosas traían otro aspecto, el cielo estaba límpido y las caras joviales. Llegó a reírse de sus temores, a que llamó pueriles; recordó los términos de la carta de Vilela y reconoció que eran íntimos y familiares. ¿Dónde le había descubierto él la amenaza? Notó también que eran urgentes, y que hizo mal en tardar tanto; podría ser algún asunto grave y gravísimo.
—Vamos, vamos deprisa, le repetía al cochero.
Y consigo mismo, para explicar la demora al amigo, engendró cualquier cosa; parece que formó también el plan de aprovechar el incidente para volver a la antigua asiduidad... De vuelta con los planes, le retumbaban en el alma las palabras de la cartomántica. En verdad, ella adivinó el objeto de la consulta, el estado de él, la existencia de un tercero; ¿por qué no debería adivinar lo demás? El presente que se ignora vale el futuro. Era así, lentas y continuas, que las viejas creencias del joven se volvían hacia lo de arriba, y el misterio lo entusiasmaba con las uñas de hierro. A veces quería reírse, y se reía de sí mismo, algo avergonzado; pero la mujer, las cartas, las palabras secas y afirmativas, la exhortación: —Váyase, váyase, ragazzo innamorato; y al final, a lo lejos, la barcarola de la despedida, lenta y encantadora, tales eran los elementos recientes, que formaban, con los antiguos, una fe nueva y vivaz.
La verdad es que el corazón iba alegre e impaciente, pensando en las horas felices de antaño y en las que deberían venir. Al pasar por la Gloria, Camilo miró hacia el mar, extendió los ojos hacia fuera, hasta donde el agua y el cielo se dan un abrazo infinito, y tuvo así una sensación del futuro, largo, largo, interminable.
En poco tiempo llegó a la casa de Vilela. Se apeó, empujó la puerta de hierro del jardín y entró. La casa estaba silenciosa. Subió los seis escalones de piedra, y apenas tuvo tiempo de llamar, la puerta se abrió, y se asomó Vilela.
—Perdona, no pude venir más temprano; ¿qué pasa?
Vilela no le respondió; tenía la apariencia descompuesta; le hizo una señal, y se fueron a una salita interior. Al entrar, Camilo no pudo sofocar un grito de terror: —al fondo sobre el canapé, estaba Rita muerta y ensangrentada.
Vilela lo agarró por el cuello, y, con dos tiros de revólver, estiró al muerto en el suelo.

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